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La dura domesticación del Mapocho

>The hard taming of the Mapocho

El Mapocho es, junto a la imponente cordillera de los Andes, el accidente geográfico más característico de la ciudad de Santiago. Como suele ocurrir con otros ríos que atraviesan grandes ciudades, la mirada de creadores de diferentes géneros se ha posado recurrentemente sobre sus turbulentas aguas. Se puede rastrear su presencia, ya sea como protagonista principal o como actor secundario, en muchas obras significativas de la literatura, la música y las artes visuales.

Este río posee un carácter simbólico de amplias resonancias. Su nombre rememora el pasado de la ciudad que los conquistadores españoles fundaron estratégicamente en sus márgenes en el siglo XVI. En la evocación de sus corrientes torrentosas aparecen mezclados materiales diversos: desde recuerdos muy amargos, como los cuerpos muertos que flotan, hasta divertidos cuentos como el del recurrente proyecto que permitiría volverlo navegable, a imagen y semejanza del Támesis o el Sena, y que por extensión, cabe pensar, transformaría a Santiago en una capital europea.

Mauricio Quezada decidió en 1997 realizar un ensayo sobre el Mapocho para su proceso de titulación como reportero gráfico en la Escuela de Fotografía ALPES. Entre sus influencias más directas estaba el relato de Sergio Larraín sobre los niños vagabundos que vivían en sus riberas, imágenes tomadas para el Hogar de Cristo, y a las que Mauricio  tuvo acceso después de un azaroso encuentro con una antigua novia del chileno de Magnum Photos. Poco tiempo después, en una ironía del destino, alguna de las fotografías de Quezada fue erróneamente atribuida al propio Larraín con ocasión de su publicación a toda página en un prestigioso suplemento cultural chileno que circula los domingos.

Con estos antecedentes y con la intención simple de fijarse en un río vilipendiado en la conversación diaria de los santiaguinos partió a hacer lo suyo Mauricio Quezada. Utilizando las técnicas y las estrategias narrativas del documentalismo fotográfico clásico, el fotógrafo se concentra en la mirada indiferente de los que caminan sobre el río, en los habitantes precarios y humildes de sus orillas, en los trabajadores que se ganan la vida sacando arena y piedras de su lecho, en la perturbadora presencia de las gaviotas, en los márgenes difuminados de una ciudad fragmentada socialmente pero que permanece unida por esta cuerda vibrante de agua.

En cada una de las incursiones en el Mapocho, el río se comportaba como un elemento inerte que permitía ser fotografiado y  transformado en imágenes monocromas, limpias e insolentemente brillantes. Aparecían de vez en cuando, sin embargo, algunas señales, pequeñas advertencias de un peligro latente, amenazas del lado oscuro del río, refugio histórico de criminales y lanzas que escapan, una vez realizadas sus fechorías en el centro de la metrópolis, a refugiarse en sus orillas y a repartirse los botines, como verdaderos piratas de agua dulce.

Un día de verano de 1998 Mauricio vivió en el Mapocho una jornada de intensidad extrema. Hacía calor y un grupo de niños se bañaba alegremente en sus aguas, a los pies del llamado Cerro 18. Un grupo jugaba con una balsa. La escena, publicada aquí a doble página, era algo así como una interpretación posible del edén en Santiago, una estampa extraordinariamente alegre y luminosa, que logra escapar impoluta a los tópicos que refieren que es poco recomendable bañarse en un río cuyas aguas son, en inusitado consenso, sucias y frías. Las fotos son de una intensidad casi sonora: se puede escuchar el jolgorio de la chiquillería y los chasquidos del agua. Todo parece indicar que Mauricio ha compartido con el grupo, ha dialogado con ellos, se han reído juntos. Aparentemente la energía inunda el conjunto.

En la escena siguiente, el río se despierta enfurecido. Tres de los jóvenes que han estado observando la escena plácida de este fotógrafo contemplativo deciden asaltarlo. Salen a su encuentro y le cortan con violencia el paso. Mauricio observa, consciente de que el trabajo, su colección de imágenes, como tantas veces ha hecho el río con la ciudad, está a un paso de salirse de su cauce. Con temeridad y extraordinaria sangre fría, el fotógrafo enfrenta a los adolescentes con la cámara en la mano y obtura, a pesar del riesgo evidente, una foto del trío de adolescentes que con palos y piedras le exige la entrega de su cámara Nikon. “Vamos pasando”, le advierten. Superado por la situación, y temiendo terribles consecuencias, Mauricio accede a la coacción y entrega sus cosas.

Lo que sucede después tiene el ritmo de una narración cinematográfica. Desprovisto de su instrumento de trabajo, conseguido con sacrificios y privaciones, Mauricio decide recuperar su cámara y emprende una carrera veloz hacia el asaltante que le arrebató el tesoro. Llegado a su altura, y tras un forcejeo que lo deja herido, consigue recuperar el bolso y se ve obligado a escapar bajo una lluvia de piedras hacia el único lugar despejado en medio de un panorama amenazador: el río.

Las aguas del Mapocho reciben a Mauricio como pila bautismal. El fotógrafo trata con dificultad de cruzar a la otra orilla con los brazos en alto salvando sus pertenencias, venciendo a la corriente y esquivando la lluvia de piedras. Pero el río, que a estas alturas es una criatura viva y salvaje que se resiste a ser domesticada,  no da su brazo a torcer y todo termina finalmente mojado, arruinado por las aguas caudalosas.

Poco tiempo después, con el corazón más en calma, golpeado por lo que acaba de vivir y mientras contempla amargo los restos del naufragio, rescata y procesa la película con las fotos de aquel fatídico día. El resultado es un documento dramático. Las imágenes -incluidas en este libro- exhiben como heridas de guerra los arañazos del agua y las marcas físicas de las arenas del Mapocho, traducidas como marcas de balazos en las copias positivas. El río, que había quedado registrado hasta entonces a través de la mediación óptica del sistema fotográfico, ha dejado su propia huella directa  sobre la superficie de la película.

Las imágenes, que lucen las heridas de los zarpazos del río sobre la emulsión, son la prueba gráfica de la resistencia del Mapocho a ser dominado y reducido a un higiénico producto cultural. Son también el testimonio de la voluntad férrea de un narrador que es atrapado y que se vuelve víctima de lo narrado. Provocan además la sensación gratificante, que encontramos en la mejor fotografía documental, de que la vida se ha hecho presente y una verdad oculta nos ha sido por fin revelada.

Miguel Ángel Felipe Fidalgo / La Marea, junio de 2008

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