por Leonora Vicuña

“A qué vagar ni ajar arbustos escarlatas,

Ni buscar rastros en los armuelles…”

Serguei Esenin(1)



Rastrojo, hojarasca, espesura, matorral, follaje, fronda, yerbajo, mala hierba, yuyo, matojo, broza, bálago, paja, breña, zarzal, maraña, todas palabras sinónimas de maleza, -mauvaise herbe en francés, malesherbes también-.

En esta delicadeza profundamente femenina donde se entrelazan retazos de historias genealógicas ficticias o soñadas, Nía descubre un mundo íntimo de huellas secretas y sugerentes; rastros  velados bajo los párpados del tiempo. Su trabajo, como ella misma lo define de otra manera, es un intento de revivir el árbol del pasado, reconfigurar esa radiante infancia latente a través de fotografías y poemas que nos revelan un mundo anterior e interior.

Nos acercamos a lo pequeño, fotografías diminutas, envueltas en cintas de encajes como esquelas secretas encontradas en los baúles de las abuelas. Abrimos  suavemente esos paquetitos tan atesorados y nos encontramos con imágenes cuyo lenguaje se nos brinda para ser descifrado, para ser sentido y escuchado. Nía recita de memoria unos versos al tiempo que vamos mirando esas pequeñas fotos… ‘Tu nombre leve se esfumó como un sonidopero quedó en los pliegues de la mantilla el aroma de miel de tus manos inocentes…’ nos dice al unísono el poeta ruso citado, probablemente pariente no tan lejano de Nía…

En un impecable oficio de fotografía análoga y de pulcras impresiones en papeles artesanales, unidos a recortes de fotos de papeles murales de otro tiempo, entramos en un universo enmarañado donde los pliegues, las fisuras, las contrasombras de los rastrojos,  ejercen un poder evocador, reminiscente. Parece que ya estamos del otro lado del espejo, con ese otro ruso cineasta(2) que nos lleva a su espesura, a su zarzal luminiscente donde solo reina el tiempo y su entrañable melancolía. El estricto blanco y negro de las sales de plata, en esas ramas o yuyos o brezales que parecen temblar bajo el viento, junto al azogue de un espejo que ya no refleja nada y sin embargo nos invita, nos hablan de una despojada vida, de una fantasmal memoria que se resiste a desaparecer del todo.

El pasado, real o imaginario, es nuestro pan de cada día: las eternas tías que todos tenemos en nuestra memoria dejaron huellas indelebles. Aparentemente invisibles, personas sencillas, sin aspavientos, ellas vuelven a revivir en esta Maleza vital que nada detiene.

[Porque Maleza es toda planta que aún no se puede domesticar, hay que arrancarla de cuajo, hay que desterrarla literalmente, y aun así, su rebeldía es tal, que siempre vuelve, persiste, vuelve a nacer sin permiso de nadie, regresa no se sabe de dónde, de manera natural con su natural malicia.]

El trabajo poético de Nia Diedla es un andamiaje de relaciones que se urden en una trilogía donde confluyen alientos de varios lugares del viejo mundo, desde las estepas rusas hasta la España vasca, pasando por la gitana Hungría y la France eternelle. Las Sietevenas o el Nomeolvides, la astromelia salvaje, o las añañucas del desierto, se agitan detrás de estas imágenes que conservan el aroma de un tiempo sin tiempo, es decir, de un devenir que no cesa… Allí estuvo Otilia, ¿fue en esa casa donde ahora se ven las cortinas raídas sobre la madera? Parece que podemos oír sus cuchicheos y sus pasos sobre la hojarasca. Parece que de pronto nos va a abrir la puerta y podremos verla aparecer nítidamente en el espejo…

Recrear en imágenes lo que fue y ya no está, lo que no sabemos cómo fue, sin reconstruir un historia verídica ni estampar rostros ni nombres reales para establecer un linaje, sino más bien retomar el hilo de un bordado abandonado u olvidado, es un trabajo más sutil donde la presencia de los ausentes es evocada en un relato compuesto por recuerdos imaginarios, sueños, revelaciones que se abren paso como la maleza misma, a través de la nostalgia y del deseo. Esta Maleza es como el agua, que va sorteando escollos y túmulos, como la sangre, como el viento que se cuela por las rendijas, llevando multitudes de voces y semillas, como la vida en suma: fluye misteriosa, silenciosa, inexorable.

En el mundo contemporáneo, actual, donde todo parece reducirse a comercio, negocio, empresa, éxito, y estandarización de la vida, donde es necesario argumentar antes de crear, [el arte mismo es hoy día completamente premeditado], donde comienza a imperar la inteligencia artificial, el robot y los big brothers, es bueno recordar que los sueños y la poesía están antes, existen antes. Por obvio que pueda parecer, su esencia es irreductible.

En el trabajo de Nía no hay ningún objeto  moderno ni actual, nada que nos indique que esto se hizo hoy, ahora y en tal parte, no se describe ningún lugar reconocible, todo lo exterior es interior, todos los retratos están velados o encubiertos, en realidad no son retratos, son apariciones. El todo conforma una cierta manera de habitar, una suerte de duermevela que recuerda las horas de ocio y penumbra de la infancia.

La filigrana imperceptible que recorre estas imágenes nos lleva a nuestro propio habitar, a nuestros rastros personales.

Entretejidos de andanzas, sueños y espesuras, concebidos bajo la misma noche intemporal avanzamos a tientas en el follaje, entre yerbajos, matas y yuyos, hasta ser desbrozados finalmente, enterrados y cubiertos de flores. Nuestras huellas tal vez renacerán…

  

 

Leonora Vicuña

Carahue, mayo 2018

 

 

 

(1)     De ‘La Confesión de un granuja, de Serguei Esenin. Poeta ruso (1910-1925). Traducción de Gabriel Barra, versión en castellano de Jorge Teillier. 1973 Chile.

(2)     El cineasta citado es Andrei Tarkovski  (1932-1986). Citado aquí por sus magníficas fotografías polaroid y su film Zérkalo, conocida en castellano como El espejo,


       

por Julia Toro


Mucho se ha escrito sobre fotografía con tan diversas opiniones e interpretaciones. Llevo más de cuarenta años en éste noble oficio, leyendo y pensando qué es la Fotografía.

Ahora me encuentro frente al trabajo de Nía: íntimo, personal y único. Se podría decir, sin forzar la interpretación, que en sus obras la ensoñación fotográfica fluctúa entre la poesía y las artes plásticas. “Las viejas fotografías –como leemos en Kracauer- hacen tiritar de frío a quien las contempla. Pues no ilustran el conocimiento del original, sino la configuración espacial de un instante; no es el ser humano el que sale de su fotografía, sino la suma de lo que se ha podido sustraer de él.”

En las fotografías que Nía nos presenta, reconocemos esa configuración espacial del instante, una mirada escudriñadora de recovecos desapercibidos, que busca entre la maleza rostros olvidados, divagando con estatuas quebradas, abandonadas. Mirada que se despliega en una estética de hojarasca, de silencio y quietud.

La cuidada presentación de la obra nos invita a recorrer esos espacios. Es como una versión poética del cuarto oscuro, ir revelando y desvelando hasta llegar a la imagen. Nos hace recordar a las fotos antiguas encontradas en álbumes perdidos. En la fotografía como en la música, hay que conocer a los grandes que nos han precedido, siempre enseñan. Son estímulos poderosos y todo se convierte en fotográfico a su alrededor.

Nos preguntamos ahora: ¿qué es el arte en fotografía? Difícil respuesta. ¿Será lo que emociona, lo fotogénico que detiene la mirada, o simplemente lo que te hace exclamar ésta es una obra de Arte?

Volvamos al principio. Hay tantas miradas como apreciaciones y ensoñaciones fotográficas. Los sentimientos son personales.  Nadamos todos los días en un sin número de fotografías, muchas de ellas buenas, perfectas en su precisión técnica; nos muestran mundos desconocidos y exóticos, deslumbrantes puestas de sol, las flores más bellas, y aves de increíble colorido. Sin embargo, en Maleza de Nía Diedla, nos volvemos a sorprender con todo el misterio y la poesía de lo desvencijado y lo perdido para contemplar la imagen más allá de la sorpresa y la admiración.

Gracias, Nía, por tu conmovedor trabajo.

Julia Toro

 

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